Asimilar el pasado mejora la salud del presente.

Joven preocupado por su pasado

Nuestro cuerpo vive en el presente, pero a veces, en algunas personas, la mente queda atrapada en el pasado, generando ideas rumiantes que provocan malestar, físico y mental. Aprender a asimilar lo vivido es básico para tener un buen estado de salud.

Cada vez se habla más de las dolencias psicosomáticas. De enfermedades físicas que tienen un origen mental. Se sabe que detrás de muchos problemas en el aparato digestivo están las preocupaciones que acaparan nuestra mente, que el estrés puede traducirse en contracturas musculares y que un ataque de ansiedad puede desencadenar un accidente cardiovascular. Mente y cuerpo están interconectados.

El peso del pasado sobre nuestro bienestar presente se manifiesta en personas que han vivido una experiencia traumática, o en aquellas a las que se les presentó una contradicción que no supieron resolver. Estas situaciones provocan lo que en el argot popular llamamos “mala sangre”. Puede ser que nos mostremos rencorosos frente a determinadas personas; pero, sobre todo, a los que más nos daña es a nosotros. La mala sangre es una sangre densa. Un fluido que no circula bien por el interior de venas. Y que, por tanto, hace que los nutrientes no lleguen allá donde son necesarios.

Esas ideas negativas, derivadas de la huella que el pasado ha dejado en nosotros, generan una situación de excitación nerviosa y de continuo estado de estrés que no nos hace ningún bien.

Como se suele decir, hay que pasar página para continuar. Si bien es cierto que el presente proviene de una serie de hechos pasados, el pasado ya sucedió, y no podemos cambiarlo. Ahora lo que toca es vivir el momento actual. Nuestro cerebro y nuestros sentidos deben estar pendientes de lo que pasa ahora. Liberándonos de la carga que representa para nosotros las experiencias pasadas.

Freud y la infancia.

Para abordar algunos casos de neurosis, Sigmund Freud, al padre del psicoanálisis, provocaba una regresión mental en sus enfermos que les llevaba a rememorar sus primeros años de vida.

Como cuenta un ensayo publicado en la revista Pepsic, para el psicoanálisis, la infancia es la génesis en la se gesta el futuro del individuo durante todas las etapas de su vida. En esta etapa se construye la estructura de la personalidad.

Para los psicoanalistas es importante conocer cómo se relacionaba el paciente en su infancia con su familia y con su entorno más cercano. Qué dificultades y problemas tuvo que sortear para crecer y madurar como persona. Cómo afrontaba las exigencias sociales y educativas.

Las fases libidinales, que por supuesto se dan en la infancia, la rivalidad infantil o la represión de los deseos tienen su repercusión en la psiquis del adulto. La compulsión, la repetición, la derivación de los impulsos, son patrones que se fraguan en la infancia y que determinarán en gran medida la manera en la que la persona se relacionará más adelante con su entorno.

En la infancia se conforman los mecanismos de defensa y el proceso de maduración afectiva del individuo. La infancia es un proceso de formación que se da en el entorno de protección y seguridad que proporciona la familia, pero que indudablemente marcará la idiosincrasia de la persona.

Para Freud la infancia es el escenario de la construcción del sujeto en y por el placer. El placer es una de las pulsiones más poderosas que existen. El niño realiza acciones que le generan placer y evita las que no se los proporcionan. La educación consiste, en gran medida, en enseñar al niño a gestionar y reprimir esos impulsos.

Para los psicoanalistas el pasado tiene repercusión sobre el sujeto presente, pero no podemos estar presos de él.

El intestino, el segundo cerebro.

La web de la BBC publicó un interesante artículo que abordaba la curiosa relación que hay entre el intestino y el cerebro. Una conexión directa y al mismo tiempo una autonomía de los órganos. El texto pone de manifiesto como algunas de las dolencias físicas que padecemos tienen un condicionante mental o psicológico.

El intestino y el estómago están conectados directamente con el cerebro por medio del nervio vago, uno de los nervios más largos que existen en el cuerpo. A través de este nervio se produce un trasvase de información y de órdenes bidireccional.

Este nervio regula las funciones involuntarias. Ante una alerta de peligro, el cerebro puede enviar impulsos nerviosos que provoquen una contracción de las válvulas del sistema digestivo. Ante una preocupación solemos decir que no podemos comer porque tenemos el estómago cerrado. No es una figura imaginaria, es una realidad. Frente al peligro, el cerebro ordena la paralización de la función digestiva.

A través de este mismo nervio, el intestino envía impulsos nerviosos al cerebro cuando se produce una digestión complicada. Impulsos que influyen en nuestro estado de ánimo. Pueden producirnos irritabilidad o una sensación de cansancio.

Por otro lado, el intestino goza de cierta autonomía. El 70% de las células del sistema inmunológico del cuerpo están en este órgano. En el intestino existen millones de terminaciones nerviosas que antes de conectarse con el cerebro están interconectadas entre ellas mismas.

En cierto modo, esta comunicación directa cerebro-aparato digestivo es lógica. La alimentación es una actividad básica para la supervivencia.

Una conexión que evidencia como detrás de algunas enfermedades gástricas graves como la gastritis o la úlcera influyen condicionantes mentales y psicológicos.

Algunas enfermedades provocadas por ideas del pasado.

Muchas de estas ideas negativas, de las que hemos hablado al principio, heredadas de experiencias pasadas, pueden provocarnos enfermedades en el presente.

Una de las más habituales es la depresión. Los psiquiatras conciben esta enfermedad como multicausal. No hay una causa única que desencadene la enfermedad. En ella influyen factores físicos, genéticos, ambientales, etc. Sin embargo, revivir con frecuencia sentimientos de culpa o desesperanza derivados de hechos pasados puede actuar como catalizadores de episodios depresivos.

En el Trastorno de Ansiedad Generalizado (T.A.G.), las ideas negativas persistentes tienen una influencia primordial. Revivir una y otra vez errores del pasado o decisiones no acertadas que tomamos en su día pueden provocarnos un estado permanente de tensión que termine desembocando en esta enfermedad.

Si las vivencias pasadas tienen que ver con un trauma, estas pueden dar lugar a un Trastorno de Estrés Post-Traumático. Generando flashback de la experiencia vivida y produciendo en la persona una situación de hipervigilancia que provoca estrés mental.

Los psiquiatras hablan también de trastorno de somatización. Toda esa carga emocional no expresada puede trasladarse al cuerpo en forma de dolencias como fatiga crónica, dolor muscular, enfermedades gastrointestinales, etc.

El pensamiento rumiante tiene consecuencias físicas. Como el insomnio. Esas ideas repetitivas que rondan en nuestra cabeza y que no nos dejan dormir. Es habitual que esta tensión continua produzca efectos en el sistema muscular y esquelético. Provocando jaquecas, cefaleas y dolores musculares.

La preocupación obsesiva hace que suba la presión arterial y nos produce palpitaciones. El estrés mental al que estamos sometidos activa de forma continua el sistema nervioso simpático, acelerando la actividad cardiovascular.

Con el tiempo, la situación de la que estamos hablando hace que las defensas del cuerpo se debiliten. Mostrándonos más vulnerables frente a otras amenazas para la salud.

Cerrar el pasado para continuar con el presente.

Por suerte esta situación se puede transformar. Los psicólogos de Terapia Psi, un gabinete psicológico de Barcelona, heredero de la Terapia Gestalt y que lleva tratando casos de este tipo desde el 2006, señalan que es fundamental sanar el pasado para centrarse en el presente.

No se trata de olvidarse del pasado, de correr un tupido velo para no verlo jamás. El pasado está ahí y forma parte de nuestra historia. No lo podemos cambiar. Lo que debemos aprender es a apreciarlo desde otra perspectiva. Sacar conclusiones de lo que hemos vivido para que nos sirvan de enseñanza en el presente y para gestionar de otra manera situaciones similares que se puedan presentar en un futuro.

Debemos verlo como una enseñanza. La vida es un camino continuo de aprendizaje. Todo lo que hemos vivido nos ha conducido a ser lo que somos. Somos más viejos, sí, pero también somos más sabios.

Este enfoque implica que estos pensamientos del pasado ocupen cada vez menos espacio en nuestro pensamiento. Que sean menos habituales. Es un proceso de maduración emocional. De colocar cada cosa en su sitio, con la relevancia que realmente tiene.

Al final esa mochila que arrastramos se vuelve más liviana. Esas experiencias de las que no estamos satisfechos se convierten en una señal luminosa que nos indica “no me lo cuentes, ya estuve allí”.

Es importante alejarnos de los prejuicios del entorno. No dejarnos condicionar por lo que piensen los demás. Es nuestra vida y la hemos gestionado como mejor hemos podido. Muchas cosas las hemos tenido que aprender sobre la marcha Nadie nos ha enseñado a ser padre, ni compañero, ni amigo, ni un buen profesional.

Lo hemos tenido que aprender nosotros. Y en ese aprendizaje hemos cometido errores o nos hemos visto envueltos en situaciones desagradables. Pero ya no están ahí. No podemos dejar que nos enganchen.

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