Sí, tengo trabajo fijo, soy funcionario. Soy de esos que tienen un sueldo todos los meses, que tengo un mes de vacaciones, moscosos y todas esas cosas. Y sí, ahora en 2026 me van a subir el sueldo. Ahora bien, si os cuento todo lo que he tenido que hacer para llegar hasta aquí, pues quizás os daréis cuenta de que todo esfuerzo tiene su recompensa. Y que nada me ha caído del cielo.
Cuando decidí prepararme las oposiciones nunca imaginé lo mucho que iban a cambiar mi vida. Yo pensaba que sería cuestión de estudiar unas horas al día, memorizar los temas y esperar el día del examen. Pero pronto descubrí que no bastaba con sentarme frente a los apuntes. Para llegar hasta el final tenía que cambiar mis hábitos, mi forma de organizarme y, en cierto modo, mi forma de ser. Vamos darle un giro a mi vida de 180 grados, no de 360 grados como algunos dicen y se equivocan.
Os cuento lo que hacía al principio. Al principio, mis días eran un caos. Me levantaba tarde, desayunaba cualquier cosa y empezaba a estudiar sin un plan concreto. Si me cansaba, encendía un cigarro; si me agobiaba, salía a tomar una cerveza con algún amigo “para despejarme”.
A la semana ya iba retrasado respecto al calendario que yo mismo había hecho. Me frustraba, me enfadaba conmigo mismo y acababa estudiando menos. Era un círculo del que no sabía cómo salir.
Una mañana, después de una noche en la que había fumado más de la cuenta y dormido apenas cinco horas, intenté repasar un tema y no fui capaz de recordar ni la mitad de lo que había leído el día anterior. En ese momento entendí que, si quería aprobar, tenía que tomármelo en serio. No bastaba con quererlo: tenía que demostrarlo con hechos.
Las rutinas
Lo primero fue establecer rutinas. Empecé levantándome temprano, siempre a la misma hora, incluso los fines de semana. Me costó horrores al principio, pero después de un par de semanas noté que mi cuerpo se acostumbraba. Desayunaba bien, me vestía como si fuera a trabajar y me sentaba a estudiar con una agenda clara. Poner orden en mis horarios me dio una sensación de control que hasta entonces no había tenido.
El segundo gran cambio fue la comida. Yo solía tirar de comida rápida, bocadillos improvisados o lo que hubiera en la nevera. Pero me di cuenta de que la digestión pesada me dejaba somnoliento y sin energía. Así que empecé a planificar mis comidas: más verduras, más fruta, menos azúcar. Cocinar se convirtió casi en un descanso dentro del estudio. Recuerdo que mientras cortaba verduras o preparaba arroz con tomate podía desconectar un poco sin sentir culpa.
Lo que más me costó fue dejar de fumar. Era mi vía de escape durante las horas de estudio, un hábito tan automático que no me daba ni cuenta de cuándo estaba encendiendo un cigarro. Intenté reducirlo poco a poco, pero no funcionó. Al final tuve que tomar una decisión tajante: dejarlo de golpe. Los primeros días fueron terribles. Me ponía nervioso y no me concentraba. Pero pasadas las primeras semanas, la ansiedad fue bajando. Y por fin me podía concentrar sin problemas. Eso me vino muy bien.
Aun con todos estos cambios, sentía que algo me faltaba. Estudiar por mi cuenta tenía límites: no sabía si estaba enfocando bien el temario, si mi forma de hacer esquemas era correcta o si estaba dedicando demasiado tiempo a algunos bloques y poco a otros. Fue entonces cuando decidí apuntarme a una preparadora de oposiciones en Valladolid. Fue una de las mejores decisiones que tomé.
Algo parecido me pasó con el alcohol. No es que bebiera mucho, pero cualquier excusa era buena para tomar una caña. Yo era de los de lunes a jueves nada. Pero el viernes un par de ellas. Y el fin de semana…lo que surja.
Y aunque pensaba que no afectaba, me despertaba más cansado, me costaba madrugar y mi rendimiento bajaba. Así que decidí limitarlo a ocasiones muy puntuales, y durante los meses más intensos de estudio dejé de beber por completo. Mi mente empezó a estar más despejada, y eso fue clave para memorizar los temas más densos.
Cuando llegó el día del examen, estaba nervioso, pero también seguro. Sabía que había hecho todo lo que estaba en mi mano. Y al final, todo esfuerzo mereció la pena. Y sí, saque mi plaza de funcionario. Y ahora mi vida es maravillosa, palabra de funcionario.



